miércoles, 2 de marzo de 2011

REGALO INESPERADO

Estoy a un paso de que me salgan callos en los dedos de tanto coser etiquetas en las pertenencias de mis hijos para que no las extravíen en el colegio. Y ya terminé –no sé cómo- la infinita lista de útiles (todo marcadito, era que no). Yo no sé si Almudena Grandes (una de las escritoras que admiro) tendrá que preocuparse de hacer malabares para que el presupuesto le alcance. O si Rosa Montero (otra idem para mí) mantendrá su buen humor cuando el gásfiter le repare el baño, logrando el misterio técnico de que cada vez que tire el agua del excusado, se encienda el calefont. Me cuesta imaginar a Doris Lessing palideciendo porque al ir a pagar con su tarjeta, le digan que excede el monto autorizado. Y menos a Sandra Benitez estrujándose los sesos a la una de la madrugada para hacer colaciones atractivas y saludables para sus niños. Es cierto que yo no le llego ni a los talones a ninguna de esas escritoras, pero las menciono por el simple hecho de que dedican su vida a escribir y saben de las dificultades que tiene desarrollar este particular oficio en medio de las demandas del diario vivir (a mí, por lo menos, se me hace un mundo).

De hecho, hace dos noches desperté con el escándalo de unas palomas que se han apropiado del entretecho. Nada que hacer, lo urgente –otra vez- se imponía a lo importante así es en vez de sentarme a escribir, tuve que conseguir raudamente que viniera un maestro a revisar el techo de mi casa, quien desde las alturas (brazos en jarra y risita irónica) me vaticinó un invierno de terror si no hacía las reparaciones pertinentes. Dado que la solución estaba compuesta por varios ceros y que la duda sistemática es uno de mis hábitos inveterados (y que más problemas me ha traído, por cierto) hice lo que correspondía: como toda dueña de casa sabe, una es el hombre de la casa, así es que me subí al techo.

Al tipo le cambió la cara y se dedicó a hablar sin respirar (me consta que tiene una apnea que le envidiaría el Tiburón Contreras!). Durante hora y media, se explayó en alambicadas explicaciones respecto del supuesto desastre que subyacía en un par de tejas corridas. Lo que es yo, a los cinco minutos de su perorata, ya no lo escuchaba. Sus palabras se volvieron un murmullo remoto y mi atención se volcó hacia la magnífica vista que se desplegaba ante mí. El sol comenzaba a ponerse, coloreando el cielo de rojo y violeta. Corría una brisa cálida que mecía los árboles y se llevaba las primeras hojas amarillas. Pensé en mi proyecto de libro infantil en el cual he avanzado tan poco en estos últimos días por las múltiples tareas domésticas que me han demandado. Desde arriba, sin embargo, mi atraso me pareció igual a esas tejas mal puestas fáciles de acomodar. De un modo que no puedo explicar, el viento otoñal se llevó también mi cansancio y angustia.

Virginia Wolf sugería a toda mujer, tener un sueldo y un cuarto propio. Yo no tengo ninguna de las dos cosas, todavía. Pero mientras tanto, tengo algo mejor: tengo un techo purificador al cual subirme y que descubrí por casualidad. Ojalá cada cual encuentre el suyo. Quizás sea una ventana o una postal. Da igual. Lo importante es que sea un espacio al que –cuando necesites- puedas asomarte y cumpla la función de devolverte el ánimo para abocarte a lo importante y sortear con ingenio lo que, aunque urgente, resulta superfluo para el alma.

PD: si a alguien interesan las escritoras que menciono, les sugiero las siguientes lecturas:
Sandra Benitez “Aroma de café amargo”, Rosa Montero “Bella y oscura”, Almudena Grandes “El corazón helado”, Virginia Woolf “La señora Dalloway”, Doris Lessing “Diario de una buena vecina”

2 comentarios:

  1. muy buenos consejos, tomo nota! (barba)

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  2. Un techito...es lo mejor!
    Recuerdo de niña subíamos al techo de la casa para lanzarnos a lo Súperman con mi hermano (yo era Súperwoman por supuesto), era lo mejor y si, se generaba un espacio propio tan olvidado y necesario.
    Volveré a subirme a "ese techo" que aconsejas, pero sin lanzamientos...
    Cami

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